Era el maestro del cuento corto, de la frase corta, del punto justo de saturación de ideas. Jugaba con el lector con sus oraciones autocontradictorias, sus citas falsas y sus capas y capas de sentido del humor y la amargura. Fue tan
comprometido que ni siquiera se le puso esa etiqueta, tan audaz que para muchos sigue siendo un desconocido, tan revolucionario como escritor que se definió a sí mismo simplemente como "ornitólogo". Gritó sin levantar la voz, hizo correr ríos de tinta con sus relatos cortísimos. Denunció con su literatura los abusos del poder, las desigualdades sociales y, sobre todo, la literatura de denuncia.
Y llegó a despertarse para ver que, por lo menos, uno de los dinosaurios ya no estaba allí.
Un escritor nunca muere del todo: nos deja parte de su alma en forma de cuentos, relatos, novelas o ensayos. Y, aunque Augusto Monterroso se nos haya ido a la tempranísima edad de ochenta y un años, lo que nos deja es algo más que silencio: nada menos que sus
Obras completas.
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Y otros cuentos, claro).
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