Soy trasnochador, pero no noctámbulo; mis salidas nocturnas se reducen casi exclusivamente a alguna que otra observación astronómica. Sin embargo, el otro día hice una excepción, acompañando a mis primos a tomar una copa.
El problema es que
yo hacía de guía indígena, y andaba más despistado que el proverbial pulpo en un garaje, intentando recordar algún antro copero de la zona y, peor aún, procurando adivinar cómo sería su interior nocturno en función de ese exterior diurno que yo había visto alguna vez sin fijarme.
En fin, que al final fue ese exterior diurno el que me decidió, y, una vez seguro de que mis acompañantes no se mareaban en barco, nos metimos en la Taberna de Morgan, caracterizada por fuera por su aspecto de galeón pirata. Por dentro resultó que, en un ambiente vagamente marinero, se trataba del típico
pub dotado del correspondiente espectáculo de animación que tanto gusta en los locales de lo que se suele denominar la zona guiri de Benidorm.
Para los no iniciados, aclararé que el espectáculo consiste esencialmente en la actuación de un par de cantantes, un humorista (palabra que, aplicada al tipo aquel en pleno aniversario de la muerte de Groucho Marx, se me antojaba una especie de sacrilegio), y un mago.
En este caso, una maga.
Y no una maga cualquiera, no.
Porque, vamos a ver: ¿cuántos ilusionistas han visto ustedes cuyo espectáculo se anuncie como show de magia vaginal?
Les ahorraré una descripción demasiado detallada. La actuación consiste esencialmente en que la artista extrae de su vagina toda clase de objetos. Desde un par de huevos (también les ahorraré el chiste fácil) hasta una larga tira de hojas de afeitar, pasando por un ramo de flores de papel, larguísimas cintas de colores, bombillas encendidas... En fin, si quieren ustedes más detalles, basta con que acudan a la Taberna de Morgan... o a los Juzgados.
Ante todo, aclaro: Benidorm es, en el fondo, un pueblo, y ciertas cosas acaban siendo del dominio público. Y, como era de esperar, una de ellas fue la demanda que interpuso una señora acusando a otra (la showwoman de la otra noche) de plagio. La demandante aseguraba que ella había sido la inventora del espectáculo de maras, que había sido copiado por la demandada sin la pertinente autorización.
Excuso describirles el choteo que se armó en los Juzgados ante la presentación de la demanda y, sobre todo, ante los documentos que la acompañaban, que incluían una serie de detallados reportajes fotográficos. E incluso ante los documentos que
no la acompañaban: pronto se supo que ninguno de los notarios de la localidad había querido acudir a levantar acta del espectáculo supuestamente plagiado.
Pero, entre todos esos documentos, había uno que a mí me llamó especialmente la atención. Bueno, sí, también las fotos, pero eso es pura curiosidad morbosa. Me refiero a la certificación con la que la demandante intentaba acreditar su condición de inventora del espectáculo. Una certificación oficial, expedida por el Ministerio correspondiente, que a pesar de su claridad a mí me llenó de dudas.
Dudas que la visión de esta señora extrayendo cachivaches varios de sus partes íntimas no consiguió despejar.
Porque el certificado aseguraba que el espectáculo había sido registrado en el
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.
Y, por más vueltas que le doy, aún no sé si aquello era
educación,
cultura o
deporte.
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