Decía Larra que escribir en España es llorar. Y aunque no se referiría a eso exactamente, su frase, como todas las buenas frases, ha adquirido vida propia, y ha pasado a simbolizar las dificultades y los sinsabores de los escritores. Escribir un libro, repasarlo, corregirlo, encontrarle un editor, lanzarlo al mercado... la tarea de los escritores es a veces todo un calvario. Pero los escritores son muy sufridores, y por muchas dificultades que tengan que afrontar, ninguno de ellos, realmente, llora. Llorar, lo que se dice llorar, quienes lloran a moco tendido son los cineastas.
Pongan la tele, escuchen la radio o lean la prensa: es raro el día en que no aparece alguna noticia relacionada con la crisis del cine español. Y pongo comillas a lo de crisis porque no es la palabra más adecuada para describirla: una crisis es un período anormal, y en el cine español lo excepcional, la auténtica crisis, sería que abandonase esa recesión crónica y gozase de buena salud. La realidad es que el cine español tiene pocos espectadores, las producciones multimillonarias pasan por taquilla con más pena que gloria, y los éxitos de cada temporada podrían contarse con los dedos de la mano que Cervantes perdió en Lepanto. Un desastre, vamos.
Así que los cineastas lloran. Pero no por pena: lloran porque, como dice el refrán, quien no llora no mama. Y para ellos, la única solución a la crisis es esa, mamar de la teta del Estado.
Y así consiguieron, primero, las subvenciones millonarias: el Ministerio de Cultura, las Consejerías autonómicas y otros mil y un organismos oficiales destinan generosas cantidades a la producción de películas cinematográficas, hasta el punto de que muchas de las películas que se producen en España recaudan mucho más por subvenciones que por taquilla.
Pero no fue bastante, de modo que se inventaron la cuota de pantalla: las salas de cine y las cadenas de televisión están obligadas a programar un porcentaje de producciones españolas. Es una de esas ideas que hace que uno se pregunte si de verdad hay alguna mente en funcionamiento en las altas esferas culturales: los empresarios de cine no son tontos (y, en algunos casos, tampoco los responsables de programación de las cadenas de televisión), y si no emitían más películas españolas era sencillamente porque iba menos gente a verlas. Y eso no se puede arreglar con una cuota de pantalla. Así que, claro, no se arregló.
De manera que probaron con la cuota económica: un cinco por ciento de los beneficios de las cadenas de televisión debe destinarse a financiar el cine nacional. Una especie de impuesto revolucionario que hasta ahora las cadenas iban eludiendo como podían, pero que un reciente Decreto quiere aplicar a rajatabla. Con lo cual a las cadenas no les quedará más remedio que intentar aumentar sus beneficios emitiendo programas más atractivos para el público y, por tanto, más rentables para los anunciantes. Como las películas... americanas, por supuesto.
Dobladas al español, eso sí. Pero sólo por ahora. Porque, ¿saben?, resulta que la última idea (con perdón) para subvencionar al cine español es la de la tasa de doblaje. O sea, gravar con una tasa las películas extranjeras dobladas al español. Según los responsables del invento, se trata de que los espectadores tengan que pagar más caro por ver películas extranjeras, de modo que preferirán ver películas españolas. En fin, un razonamiento que le hace a uno sospechar que la nueva ministra de Cultura sea en realidad Groucho Marx disfrazado.
Y aquí paramos, de momento. Porque dentro de unos meses, cuando se compruebe que los espectadores se guían más por sus gustos que por el precio de las entradas y se vuelva a hablar de la crisis del cine, alguien encontrará otra ingeniosa manera de solucionarla. Que no consistirá en mejorar la calidad de nuestras películas, ni formar buenos actores, ni nada por el estilo. Simplemente se tratará de sacar más dinero de algún sitio para entregárselo a los cineastas. Para que dejen de llorar un rato.
Y mientras tanto nuestros escritores seguirán arriesgándose. Sin ayudas oficiales, sin cuotas de lectura, sin tasas de traducción... así, a pelo. Defendiéndose de la competencia extranjera a base de esfuerzo y de calidad. Y sin llorar. O, por lo menos, sin ponerse a soltar berridos.
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