Un amigo me ha dicho que iba a escribir un artículo sobre la luna; la verdad, en cierto sentido me ha picado la curiosidad. Tengo que reconocer que curiosa soy un rato, y aunque más de uno caería en algún tópico machista ante semejante cualidad, tarde o temprano se vería obligado a reconocer que no es más que un utensilio que permite a quien lo posee avanzar por el árido camino del conocimiento (ahí queda eso). Pero no nos vayamos a la luna antes de tiempo, que no es de mí de lo que íbamos a hablar.
El caso es que dándole vueltas al asunto he intentado imaginar la orientación de dicho artículo. ¿Estaría de buena luna? Me refiero a mi amigo. Sí, porque el humor influye mucho, puede que no en todas las personas, pero sí en él. Y no es lo mismo narrar las características del astro, satélite de la Tierra, que alumbra cuando está de noche en el horizonte, que las de los lunáticos que bordean esta definición y adaptan a su antojo las cualidades y atributos del mencionado astro
Cierto es que no vamos a pedirle la luna, pero debo confesar que me queda una esperanza de que haya recapacitado sobre las artes de conjugar diferentes planos y puntos de vista con el fin de obtener una visión global más rica que, como él sabe, suele traducirse en un disfrute más intenso y una percepción más completa del objeto de estudio en cuestión.
Pues pese a que la Luna posee un diámetro de 3.476 Km (aproximadamente 1/4 del terrestre) no debemos olvidar que, en ocasiones, consigue inflamarse, allá en el fondo del pozo al que se asomaba Juan Ramón Jiménez, adornada de volubles estrellas de esas que se bebía Platero con dos cubos de agua en el corral. Ni ignorar que por más que la temperatura del día lunar oscile entre los más de 120º y los menos de 230º bajo cero la hemos visto correr por el cielo con un niño de la mano, (tal vez a 3.680 Km por hora) sin abrasarle ni aterirle, mientras lloraban los gitanos, allá dentro de la fragua donde Lorca les había colocado, cada vez que hemos destapado su romancero.
Y si Bécquer dice que es de nácar, y Machado de hojalata, y a Juan Ramón Jiménez se le vuelve de oro, ¿No será que tiene la Luna esa versatilidad inherente? ¿No será que aparte de su excentricidad orbital (0,0549) goza de esa otra, la de ser mágica?
En fin, sólo me resta esperar que no se haya quedado en la luna de Valencia en absolutamente todos los sentidos y me deje disfrutar de su artículo.
Marga
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