La labor de un investigador de lo paranormal (y no digamos ya de un
misteriólogo) es perseguir la verdad. Ir a buscarla allá donde se encuentre. Acecharla.
Y luego, si la atrapa, pegarle dos tiros y ocultar el cadáver. La verdad no vende.
Es lo que pasa con el famoso
chupacabras. Desde que fuera, ejem, "avistado" por primera vez en Puerto Rico, allá por 1994, los ufólogos no han dejado de detectar su presencia cada vez que una vaca, una oveja o una cabra amanecían muertas en su corral sin una causa evidente. O incluso con una causa evidente, pero que podía ser convenientemente ocultada. Los relatos de sangrientas mutilaciones de ganado, salvajes agresiones llevadas a cabo con una precisión quirúrgica, o crueles degollinas "no atribuibles a la acción de ningún animal" han llenado portadas de revistas, han nutrido capítulos de libros, y hasta han servido para el correspondiente episodio de
Expediente X, con gran pasmo de crédulos y lucro de espabilados. Las verdaderas explicaciones, en cambio, se quedaban con la verdad:
ahí fuera. Donde no puedan chafar el negocio.
Algo así parecía que iba a pasar con los escalofriantes cuentos de los últimos ataques del chupacabras. Como todos sabemos, el animalito tiene una entrañable predilección por lo nuestro, por lo latino, y esta vez era Argentina el blanco de sus desmanes. Y seguro que nuestros sagaces investigadores (y puede que también el
misteriólogo) andaban ya preparando las correspondientes crónicas, acompañadas de detalles morbosos, especulaciones delirantes, fotos en las que el ufólogo de turno posa junto a algún cadáver vacuno y, por supuesto, la correspondiente relación detallada de los kilómetros recorridos tras los ovnis.
El parto de los montes, vamos.
Sólo que, esta vez, no les ha dado tiempo a ocultar al
ridiculus mus.
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