Suele suceder en estos casos. Se acaba la huelga general, y gobierno y sindicatos se apresuran a hacer unas valoraciones completamente distintas. "Sólo el diecisiete por ciento de los trabajadores ha secundado la huelga", dicen Aznar y sus muchachos, con esa sonrisa desdeñosa que tan bien ensayada tienen. "El ochenta y cuatro", aseguran gozosos los representantes de este bloque de izquierdas bifronte, que tan pronto parece flamante y poderoso como caduco e impotente.
Diecisiete y ochenta y cuatro. Que, naturalmente, la mente de uno se apresura a sumar. Dan ciento uno. "Ciento uno por ciento", es lo primero que he pensado mientras el navegador iba montando poco a poco la portada del periódico. "No cuadra".
Bueno, pues sí que cuadra. Y no porque, como siempre, cada cual cuente la feria según le vaya en ella (o según quisiera que le hubiese ido). Me cuadra porque, visto lo visto, creo que hay un uno por ciento que sobra en la ecuación, y que yo estoy en él.
¿O seremos más del uno por ciento los que, en todo este proceso de la huelga general, hemos visto básicamente una competición de "a ver quién tiene más cojones"? "¿A que te monto una huelga general?" "¿A que no te atreves?" "¿A que te la lío?" "¿A que te endilgo un decretazo?".
Y en esta lucha entre un gobierno que se cree ya en el Olimpo y una oposición deseosa de probar sus músculos, los pobres trabajadores son usados como arma arrojadiza.
Lo cual, como decíamos al principio, es lo que suele suceder en estos casos.
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