Uno de los placeres más curiosos (y para mí, hasta ahora, desconocidos) de la vida es llevar un cabestrillo. Y no me refiero a tener el brazo derecho prácticamente inútil, hinchado como un balón de rugby, y pasarse unos días con fiebre y esas cosas, claro. Me refiero a que descubres en la gente una faceta a veces totalmente nueva: la amabilidad.
Y es que basta que te vean aparecer con el brazo en cabestrillo y los demás aditamentos propios de estos casos (venda en la herida, cara de estar malito, etc., etc.) para que quienes hasta ahora contestaban a tus "¡buenos días!" con un gruñido prácticamente inaudible se deshagan en amabilidades y zalemas. Los "¿Qué te ha pasado?" se suceden uno tras otro, mientras todo el mundo pone cara de preocupación y de simpatía. Algunos, incluso, llegan al colmo de la amabilidad (y también de la incongruencia) trayéndote una silla para que te sientes. U ofreciéndote un café ("yo remuevo el azúcar, no te preocupes"), un refresco ("seguro que te sienta bien") y hasta un puro de tamaño kilométrico ("de esos que te gustan").
En fin, que ya me he quitado el cabestrillo y ya tengo el brazo derecho en condiciones operativas (así que pronto podré ocuparme, por ejemplo, de hablar de la vera imagen de Dios).
Pero, ¿qué queréis que os diga? A veces, cuando uno se plantea la perspectiva de una guardia de veinticuatro horas en la Comisaría de Benidorm, en un sábado de agosto, con sus prisas, sus agobios y sus carreras por los juzgados...
No sé, no sé. Creo que mañana me pondré otra vez el cabestrillo. Ese café estaba muy bien removido... ;-)
P.S.: Pues eso, que he estado unos días a medio gas, sobre todo porque un servidor es manifiesta, rotunda e inequívocamente diestro. Pero no he estado parado del todo: también he
bloxeando un poco...
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