La Humanidad lo ha intentado desde muy antiguo. Al principio, recurriendo a la imaginación más o menos inspirada- de los pintores y escultores, que nos mostraban frecuentemente a un anciano de apariencia bondadosa o, incluso más frecuentemente, iracunda-, con largos cabellos y níveas barbas. Más adelante, con la invención de la fotografía, fue la imaginación de los crédulos la que nos aseguró que su imagen había aparecido en una mancha en la pared, en una tortilla o en alguna peculiar conformación de las nubes. Y, por supuesto, esta misma imaginación aderezada a menudo con una buena dosis de
morro- nos sigue presentando como genuinas imágenes suyas la larga serie de fotografías que desde Secondo Pia hasta ahora se han ido tomando de la borrosa figura impresa en la Sábana Santa de Turín.
Pero han fallado. Esta bitácora tiene el honor y el privilegio de ofrecer a sus lectores, en rigurosísima primicia mundial,
la verdadera imagen de Dios.
Una imagen antropomorfa, eso sí. Y también, de acuerdo con la tradición, masculina. Pero, por lo demás, la fotografía muestra detalles muy distintos de los habituales. Porque resulta que Dios no se parece ni al viejecito de cabellos y barbas blancos de la iconografía tradicional, ni al personaje asimismo de cabellos y barbas blancos (y cabe suponer que también, por tanto, viejecito) de la Sábana Santa de Turín. Ni lleva túnica, ni un triángulo sobre la cabeza, ni ninguno de los aditamentos típicos de este tipo de representaciones. De hecho, resulta que durísimo golpe para el ego eurocéntrico de las religiones occidentales- es negro. Y no es que se trate de un
afroamericano, como dicen los
cursis/políticamente correctos del otro lado del Atlántico. Es más bien, como dirían los
cursis/políticamente correctos de este lado del Atlántico, un
subsahariano.
Helo aquí:
¿Cómo? ¿Que dudan ustedes? Pues no lo duden, no. Seguiremos informando ;-)
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