Hace muchos años, un periodista de cuyo nombre no puedo acordarme, corresponsal en Londres, asombraba a sus lectores contándoles una costumbre que hacía furor en Gran Bretaña, y que resultaba impensable en la España de la época: la recogida de firmas. Contaba el corresponsal que por algunas calles londinenses era casi imposible dar un paso sin que se le aparecieran personas de toda edad y condición, armados de bolígrafo y pliego, para solicitar su apoyo a tal o cual reivindicación. Claro que él se adaptó rápidamente a aquello, y a cada petición respondía cogiendo el boli y, sin leer siquiera el manifiesto, estampaba al pie un nuevo nombre para la lista de "abajofirmantes":
Dolores Fuertes de Barriga.
Ahora, en cambio, España es una democracia y goza de la posibilidad de firmar también mil y una peticiones, algunas muy serias, otras discutibles, y otras... bueno, otras como la que expone este mes la revista "Más Allá".
La cuestión es bien sencilla: la
Real Academia Española de la Lengua ha incluido en la vigésima segunda edición de su Diccionario una definición para la palabra "ufología", según la cual el palabro significaría
"
f. Simulacro de investigación científica basado en la creencia de que ciertos objetos voladores no identificados son naves espaciales de procedencia extraterrestre."
Naturalmente los ufólogos han montado en cólera. Así lo explica el inefable Bruno Cardeñosa en un artículo perpetrado en "Más Allá", en el que explica que la definición es poco atinada "de acuerdo a los expertos consultados (sic)". Uno de ellos es nada menos que Manuel Carballal, quien asegura que la definición de la Real Academia "difama, falsea y miente". Claro que Carballal dice lo mismo de los escépticos, de los científicos, de los demás "investigadores de lo paranormal" y, en general, de todo aquel que no esté de acuerdo con él, así que la cosa no es para tanto.
De todos modos, el clamor en el circo ufológico parece bastante notable, y así, entre todos se las han apañado para parir un modelo de "petición de enmienda" que propone un texto alternativo al actual, ya que este "connota juicios de valor peyorativos" y "no se ajusta con propiedad a los términos referidos ni al principio de imparcialidad que debe regir un diccionario".
No parece probable que la Academia vaya hacer caso de una protesta de parcialidad que viene precisamente de una parte interesada (interesadísima). Y tampoco creo que los señores académicos se preocupen de los supuestos "juicios de valor peyorativos": un diccionario, se supone, debe definir el significado de las palabras, no lo que a unos y a otros les gustaría que significasen. Así que, por supuesto, yo no voy a poner mi particular
Dolores Fuertes de Barriga al pie del panfleto.
Pero sí que pienso que deberían modificar la definición. Veámosla otra vez:
f. Simulacro de investigación científica basado en la creencia de que ciertos objetos voladores no identificados son naves espaciales de procedencia extraterrestre.
La clave del asunto es la palabra "simulacro", que en el mismo diccionario, en su tercera acepción, significa
m. Ficción, imitación, falsificación.
Y ahí es donde discrepo. Una imitación, una falsificación, es algo que pretende parecerse a otra cosa. Y puede que sí, que haya una minoría de ufólogos que pretendan hacer pasar sus "investigaciones" por científicas.
Pero, la verdad, si uno echa un vistazo a lo que hacen ufólogos de la talla de
J. J. Benítez o
Iker Jiménez, se dará cuenta de que de imitación, de "ficción de investigación científica", nada de nada. No llega ni a eso.
Así que, por mi parte, que cambien la definición. Y que donde dice "simulacro", pongan "farsa". En la cuarta acepción de la palabra, por supuesto.
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