Conozco a un vasco que vive allí al lado; le tendría que haber pillado el bombazo. Esto me decía un conocido justo cuando nos enteramos por la radio de la noticia de la explosión en el Hotel Nadal. Son todos iguales, añadía, mientras la voz de la locutora iba relatándonos en directo los estragos de los atentados de Alicante y Benidorm.
El terrorismo no es una guerra convencional. No moviliza un gran número de tropas, entre otras cosas porque, afortunadamente, no resulta tan sencillo encontrar deshechos humanos de la calaña de este tal Jon Joseba Troitiño. Tampoco ataca nunca a cara descubierta: por más que los abertzales alaben la valentía de los etarras, la verdad es que resultan ser tan cobardes que rehúyen a toda costa cualquier riesgo para ellos, y alguno de estos malnacidos ha llegado hasta a orinarse encima al ser detenido. Pero lo más singular del terrorismo son sus objetivos. Una acción militar puede tener por objeto tomar una ciudad, controlar una ruta estratégica, asegurar el aprovisionamiento, rodear una bolsa de resistencia... En cambio, los terroristas no buscan objetivos físicos, sino psíquicos: sembrar el miedo, el odio, la desconfianza, el hartazgo...
Y es así como se puede derrotar al terrorismo, como de hecho lo estamos derrotando: no permitiéndoles que se apunten ni un tanto. Los atentados del otro día pretendían sembrar el miedo entre los turistas que disfrutan de sus vacaciones en nuestras playas, pero la imagen de la Playa de Levante y la del Postiguet llenas pocas horas después de las explosiones es una rotunda derrota para ETA. Querían que quienes vivimos, trabajamos, descansamos o simplemente disfrutamos de esta maravillosa tierra viéramos nuestras vidas perturbadas por la inseguridad, pero les podemos seguir derrotando con nuestra normalidad. Querían que junto con los escombros y los trozos de ventana volase también por los aires un poco de nuestra forma de vida, pero resulta que la sociedad, las personas normales, somos mucho más fuertes que ellos.
Y así es como conseguiremos que estos atentados sean una vez más una nueva derrota de ETA. Indignándonos, por supuesto. Deseando todo lo mejor para las víctimas, y especialmente para esos policías que, una vez más, han demostrado estar dispuestos a arriesgar sus vidas por todos nosotros. Pero arreglando los desperfectos, barriendo los cristales rotos, y negándonos a perder la normalidad de una sociedad en la que hay alimañas, sí, pero que puede acabar con ellas dentro de la más escrupulosa legalidad. Negándonos a permitir que logren sus objetivos. No dejando que nos metan miedo, que nos desesperen o que nos llenen de odio.
Porque ese es, precisamente, el otro gran objetivo de ETA: sembrar el odio a lo vasco entre el resto de los españoles. Porque si lo consigue, los vascos se sentirán odiados y rechazados, y el nacionalismo logrará ir imponiendo sus delirios entre ellos. Y muchos, muchísimos de ellos, no se lo merecen. No se lo merecen quienes arriesgan su vida presentándose a las elecciones municipales por un partido constitucionalista, ni quienes tienen que acudir al periódico en que trabajan con escolta, ni quienes públicamente militan en las plataformas cívicas que defienden algo tan elemental (y tan inexistente en el País Vasco de hoy) como la paz. Ni quienes, con algo tan simple y tan anónimo como un voto no nacionalista, siguen luchando por la libertad de todos.
Eso era lo que le explicaba yo a mi conocido. Y me concedió que tenía razón: por suerte, no es cierto que todos los vascos sean iguales. Pero añadió es que este que digo yo vota al PNV.
Y claro, pensando en Atutxa haciendo cabriolas circenses para evitar disolver el grupo parlamentario de los terroristas, en Arzalluz lanzando veneno cada vez que abre la boca, en Ibarretxe ultimando su plan rupturista léanlo y se les pasará el calor: produce auténticos escalofríos-, y en tantos y tantos nacionalistas vascos comprendiendo, animando y hasta apoyando a ETA para que siga moviendo el árbol del que recogen las nueces, a ver qué le contesto yo a este hombre.
¿Alguna sugerencia? Porque a mí no se me ocurre nada.
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