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En este mundo en que vivimos, repleto de supersticiones a cual más imbécil, se han puesto de moda últimamente una serie de terapias basadas en las supuestas influencias de los colores, los aromas, las formas, las texturas o incluso el material de que están hechas las cosas. La "gemoterapia" nos enseña qué propiedades curativas corresponden supuestamente a cada piedra preciosa o semipreciosa, la "aromaterapia" nos explica que diferentes olores provocan distintos efectos benéficos sobre nuestro estado de salud, y así sucesivamente. Por no olvidarnos, claro de las conocidísimas propiedades de las esferas, que según algunos llegan a curarnos enfermedades tan graves como el cáncer o el sida mediante el sencillísimo expediente técnico de colocarlas bajo la almohada. O de las pirámides, insuperables para mantener el filo de las navajas de afeitar, conservar los alimentos o concentrar las energías positivas que pululan por ahí (aunque, eso sí, si usted tiene una almohada no demasiado gruesa, no conviene que las coloque debajo).

En general, todas estas terapias se caracterizan por los mismos rasgos: sus supuestos efectos benéficos se explican confusamente hablando de equilibrios en las energías vitales (ya sabemos que, en los ambientes magufos, como dijo Luis Angulo, la energía es “ese algo capaz de explicarlo todo”), carecen del más mínimo rigor científico o médico, y sus practicantes suelen gozar de una formación multidisciplinar que les permite con la misma facilidad y desparpajo recetar un tratamiento a base de pelotas de ping-pong colocadas bajo la cama, hacernos unos pases mágicos de “toque terapéutico”, someternos a una sesión de “reiki”, leer nuestro futuro en las cartas del tarot, o contactar con médicos alienígenas para que echen una mano (o un tentáculo, o lo que sea) en el diagnóstico y la prescripción facultativa. Los únicos límites son la imaginación de los “terapeutas alternativos” y la ingenuidad de sus clientes, y ambas suelen ser lo suficientemente grandes como para que cada pocos meses nos sorprenda la aparición de alguna novedad en el campo de la majadería esotérica.

Pero otra característica de este tipo de terapias es que suelen ser relativamente inofensivas. Por supuesto, existe el riesgo de que una persona seriamente enferma abandone un tratamiento médico para someterse a alguna de estas pseudoterapias, pero lo más corriente es que la gente acuda a las consultas “alternativas” para tratarse de dolencias menores, pasajeras o incluso simplemente psicosomáticas. Que es precisamente donde reside la clave del éxito de estas “terapias”: si alguien se trata de un dolor de espalda a base de someterse a los efluvios místico-mágicos de un cachito de cuarzo rosa, lo peor que le puede pasar es que le siga doliendo la espalda, pero es muy posible que, echándole la fe suficiente, note una mejora en su estado de salud. Mejora que puede ser real o puramente imaginaria, pero que es más que suficiente para que el pardillo de turno dé por bien empleado el puñado de euros que ha tenido que desembolsar por el “tratamiento”.

Y ni siquiera ese desembolso económico, esa estafa (porque jurídicamente es exactamente eso, una estafa) puede ser considerado como un efecto negativo. Al fin y al cabo, que haya un flujo de dinero desde los bolsillos de los más pardillos hacia los de los más espabilados es, simplemente, una manifestación del funcionamiento normal de nuestro sistema económico.

Pero, mira por dónde, resulta que llega nuestra Daurmith y nos muestra un caso en el que la combinación de olores y colores puede llegar a ser mortal. Podríamos considerarlo como la primera confirmación científica del funcionamiento de la “cromoterapia” y la “aromaterapia”, y la primera constatación de sus posibles efectos perniciosos.

Y conste que he dicho que podríamos considerarlo así, no que deberíamos. Como explica la historia de Daurmith, el efecto que se atribuye al papel pintado tintado con “verde de Scheele” no tiene nada que ver con supuestas influencias maléficas de la luz a las longitudes de onda correspondientes a ese color, ni con el efecto perniciosísimo que pudiera causar en nuestro equilibrio energético el olor a ajo. Pero no me extrañaría que cualquier día de estos “Más Allá”, “Enigmas” y compañía nos ofrecieran estas teorías, junto con otras igual de absurdas, en alguno de los reportajes con los que todos los meses nos demuestran lo cierto que es aquello de que en nuestro Universo lo único infinito es la estupidez.

Así que, por favor, querida Daurmith, la próxima vez no des ideas, que cualquier día de estos apareces como referencia de autoridad en un artículo de Iker Jiménez, y a ver cómo te las apañas luego para recuperarte del ataque de risa.

En lugar de eso, la próxima vez que hables de las propiedades mortíferas del color verde, cita aquel poema de Quevedo que dice

Los médicos con que miras,
los ojos con los que matas...


Y especula con la posibilidad de que los ojos en cuestión matasen debido a que eran de aquella color.

No es que vaya a resultar un remedio perfecto, porque conociendo cómo las gastan en el Fabuloso Mundo del Circo Paranormal, seguro que sale alguien y dice que eso se relaciona con el efecto cuántico del observador sobre el fenómeno observado y bla, bla, bla. Pero, al menos, en ese caso le echarán la culpa a Heisemberg, que ya debe estar acostumbrado, o a Schrödinger, que se lo tiene bien merecido por crueldad con los animales (mira que hacer esas barbaridades con un pobre gatito...)

Dicho lo cual, y con el permiso de ustedes, me voy a casa, que aún tengo que terminar de empapelar la habitación de Atchoum.

De naranja, como los puntos de Uri Geller. Que es un color la mar de energético y tal ;-)

2003-06-14, 20:16 | 0 comentarios

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